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Iberia


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Iberia
Antonio Miguel Carmona. 18/02/2013

    Cuando el 28 de junio de 1927 Horacio Echevarrieta decidió crear la compañía Iberia inauguraba un momento histórico antes de que meses después el rey Alfonso XIII viera aterrizar la primera nave de esta compañía en el actual aeródromo de Cuatro Vientos.

    Iberia ha formado parte de nuestra política turística y nuestro lanzamiento como país desde el primer momento en el que España decidió mirar hacia fuera, aún con la ira dentro, pero con el futuro dispuesto a prosperar.

    Desde aquel primer avión a reacción en 1961, Iberia ha formado parte de una red de políticas, unas acertadas y otras no tanto, que nos han convertido en una potencia turística todavía resuelta a crecer.

    En julio de 2008 se decidió una fusión con British Airways que fue ratificada el doce de noviembre de 2009, naciendo así un holding del tamaño de IAG. Una relación desequilibrada y cuya estabilidad dependía de la voluntad de una de las partes.

    El Reino Unido es un país cuyos ciudadanos piensan que tienen una nación a la que pertenecen. Sus directivos saben que la marca británica es el espejo donde mirar su lealtad y, además, una buena dosis de valor añadido.

    Los directivos españoles piensan que por encima del interés nacional está la cuenta de resultados que, vendiéndose precipitadamente, se vuelca siempre a favor de los británicos quienes ciertamente ganan cuotas de mercado mientras miran la cara de master de negocios de tres al cuarto de los consejeros españoles. 

    ¿Y qué es el interés nacional? Interés nacional es no perder la ingente cantidad de puestos de trabajo, la mayoría de elevado valor añadido, en una nación y unas familias (valga la redundancia) que no están dispuestas a ello.

    Interés nacional es no permitir que queden pueblos asolados por el desempleo alrededor del aeropuerto de Barajas y que AENA se convierta en un mármol sin sentido tras perder autonomía, facturación y mérito.

    Todo pasa por tener un gobierno fuerte que no se trague las absurdas cuentas de la dirección, inspiradas por un consejo de administración de mayoría británica y cuyo sentido sólo pasa por beneficiar a unas de las partes.

    En el fondo tenemos un gobierno menos gobierno que el británico y una nación que, a diferencia de la inglesa, se discute a sí misma y confía su futuro en gobiernos débiles y directivos insensatos.

Antonio Miguel Carmona es miembro del Comité Federal del PSOE y profesor de Economía

En Twitter es @AntonioMiguelC